El Uritorco y la ciudad perdida, primera entrega

Ya no están de moda pero a no desanimarse. Pueden volver a la tapa de los diarios —o a los portales de la web— en cualquier momento. Son los OVNIS o los platos voladores o, ponele, los alienígenas, Los Invasores o Los Expedientes X que los gobiernos mantienen en estricto secreto. Parte I.

Si te ponés a pensar, el cine no los abandonó nunca: todos los años aparece algún estreno fantástico, alguna vuelta de tuerca sobre un tema clásico. ¿Y sabés por qué? Es mi humilde opinión, claro: porque nadie puede asegurar que estamos solos en el Universo, con lo cual, el misterio continúa.

Y si la vida fuera de la Tierra es una posibilidad, el que existan seres acaso más inteligentes que nosotros y que tengan sus propios medios de locomoción (y acaso más sofisticados que los supermodernos aviones norteamericanos), por llamarlos de alguna manera, es, cuanto menos, verosímil.

Esa es la palabra clave : verosímil. O sea: que parezca verdadero,o creíble.

Quiero decir que empecé mi vida periodística cuando me mandaron a investigar los raros fenómenos que ocurrían en un campo uruguayo vecino a Concordia, donde los árboles estaban huecos y los animales quedaban como disecados en vida, al parecer, por los efectos de los rayos que emitían los platos voladores que visitaban con frecuencia la estancia “La Aurora”. 

Desde entonces, anduve metiendo las narices en varios misterios por el estilo.

El tema es apasionante, Steven Spielberg y todos los demás que contaron sus historias sobre hechos que no tienen explicación, con gran éxito de público, lo demuestran. Hace unos meses, estuve en Victoria, Entre Ríos, donde una señora puso un museo dedicado a los platos voladores.

Pero sin dudas, fue muy gratificante y perturbador para mi explorar el cerro Uritorco, en Córdoba. No me lo iba a perder. Dos veces estuve indagando en las entrañas de esa montaña enigmática. Y escribí en mi diario, después de esas experiencias, lo que sigue.

Fue mirando el río que corre bajo las fauces del cerro Uritorco que empecé a pensar seriamente en ir en busca de la ciudad perdida. Acaso por ese sol que parecía correr en diagonal, a la deriva, entre espesas nubes que anunciaban tormenta. Tal vez, por los reflejos del río, un hilo de agua que se escapaba de los socavones de la montaña sagrada, el lento fluir de sus venas abiertas.

Levanté la vista hasta la cima del cerro: comprendí que había sido ganado por la sugestión. La ciudad mitológica, que muchos creen que existe bajo la montaña, es, para los iniciados en la ciencia de lo inexplicable, el resultado de un triángulo menor de fuerzas, donde el cerro Uritorco sería el epicentro y los extremos, el cerro Colorado, la ciudad de Serrezuela y la de San Agustín.

Todo en Córdoba

“Erks”, -me dijo Jorge Suárez, al que descubrí gracias a su programa de radio en Capilla del Monte, un pequeño y pintoresco pueblo serrano de Córdoba donde hasta los perros contarían encuentros con seres extraterrestres si pudieran hablar.

“Erks, la ciudad sagrada, está bajo el Uritorco”, —me dijo, el 1 de enero de 2001, el primer día del tercer milenio.

Pero había sido ya en los años 70, cuando el cerro de 1.870 metros de altura empezó a volverse famoso: extrañas luces que dibujaban señales en el aire, triángulos de energía cósmica, pastos que aparecían extrañamente quemados...

Una cofradía de ovnílogos sacó pasajes al pequeño pueblo cordobés para trepar a su cima y participar del festival de experiencias paranormales.

El fenómeno se amplió en la década del 80, gracias a la cobertura seriada del inefable periodista José De Zer, para el viejo canal 9 de Alejandro Romay que masificó la adoración por el misterioso cerro gracias a su relato entrecortado y jadeante, narrando con fingida angustia la presencia de objetos llegados de otros mundos mientras el camarógrafo seguía, en plena noche, las ”extrañas luces” que no eran otra cosa que el básico equipo de iluminación que operaba en lo alto el ayudante del equipo, desplazándose de aquí para allá, trapaleando entre la quebrada geografía del cerro.

La fantástica cobertura del noticiero sensacionalista “Nuevediario”, que era seguida por los intelectuales de turno como una prueba irrefutable de la “televisión basura”, encolumnó, sin embargo, a muchas agencias de viaje oportunistas que no dudaron en ofrecer sus servicios con la garantía para sus clientes, según se explicaba en sus propios folletos, de tomar contacto con experiencias ajenas a la comprensión humana.

Así, todos colaboraron con las leyendas del Uritorco, el “cerro macho”. Eso quiere decir en el lenguaje de los indios sanavirones y comechingones.

Hablando de éstos últimos, el misterio no es menor: al parecer, son los únicos aborígenes a los que les crecía la barba, eran llamativamente altos y para completar el cuadro, poseían ojos azules.

De ellos, se cuenta que eran dueños de una gran capacidad de observación y meditación y que habrían estado ante la presencia —como De Zer— de luces movedizas.

Los sanavirones, más aborígenes de carne y hueso, también tenían lo suyo: solían caminar por la sierra y desaparecer de improviso.

La llegada de las sectas esotéricas no iba a estar muy lejos. De hecho, desde entonces hasta hoy, proliferan estos “visitantes habituales” del Uritorco.

Exceso de imaginación, pura fantasía o la necesidad del mito.

Antes de viajar, había recurrido a mi archivo, que me había aportado pocos datos: que las ciudades secretas, o perdidas, siempre han desvelado al ser humano. Por caso, Atlantida, Shangri-La, Camelot, Trapalanda, la Ciudad de los Cesares...

Ninguna existe sino en la mente o en el corazón de los hombres (y muchos han pasado la vida corriendo tras ellas) y todas, también, tienen algo en común: uno no las puede ubicar en un mapa.

Dos veces trepé al Uritorco. Hice un ascenso lento, por la senda que primero fue de las cabras y después de los peregrinos cósmicos. El pueblito se iba achicando abajo, sumido en su perfecta armonía.

Recuerdo que la primera de las veces, y por esas cosas que llegan sin ser llamadas, me vinieron a la mente pasajes de la Biblia, relatos de sobrecogedoras visiones de bolas de fuego cruzando los cielos, carros y arcas luminosas en la noche...

¿Qué era esto?, me dije, sin duda perturbado por el silbido del viento que doblaba los pajonales en la altura. ¿ Simples patrañas o experiencias reservadas a hombres iniciados en las vivencias de un mundo desconocido para mí?

El periodista Suárez también fue aguijoneado por las mismas conjeturas, no tanto por los bizarros relatos de De Zer, sino después del episodio ocurrido en las laderas del cerro El Pajarillo, vecino al Uritorco, cuando en1986, según dijo, ocupaba el cargo de secretario de Gobierno de la Municipalidad.

El tema lo tocó tanto que nunca más se apartó de la problemática OVNI hasta ser el mas férreo defensor de los fenómenos fuera de nuestra comprensión. Para él, existen de veras -publicó un libro que se llama “Luces en el Uritorco- y ya no guarda rencores con aquellos que se mofan de su postura: “todos estamos expuestos a que nos llamen locos. Nada se puede hacer en ese sentido.”

Hermanos mayores

Básicamente, Suárez cree que los viajeros frecuentes del Uritorco están señalando un camino a la Humanidad, que no es otro que el de la preservación del planeta, amenazado por experimentos nucleares subterráneos, por el achicamiento de la capa de ozono o por el mal manejo de la naturaleza. Suárez supone que son nuestros “hermanos mayores” y están junto a nosotros desde hace muchísimo tiempo:

“Los ángeles de ayer son los extraterrestres de hoy”, sostiene Suárez.

¿Cómo es eso? Para Suárez, muy simple, basta leer la Biblia. "La metáfora de representar a los ángeles con alas, era una forma de explicar por qué volaban", me explicó, muy suelto de cuerpo. "Y está la ascensión de Jesús a los cielos, en medio de relámpagos, vientos y nubes luminosas. ¿No es esto similar a los efectos que produce un cohete al despegar?", reflexionó.

---Y...

Parecía sincero, pero no supe qué decir. Lo bueno de esto es que uno de verdad queda patitieso y no sabe qué diablos contestar

La huella perfecta

Vuelvo al viaje hacia la cumbre: un baqueano me precedía en la trepada. Juan Domingo Ochoa es un tipo morocho, cara curtida por los vientos del Uritorco. Siempre tiene el ceño fruncido, como si estuviera en otra parte, como si su experiencia extrasensorial hubiera sido un punto que lo marcó para toda la vida.

Me propuse tener la mente abierta a todo, pero no creer en nada. A menos, claro, que algo sorprendente ocurriera durante mi ascenso.

Y eso fue lo que le pasó a Suárez y se diría que al 90 por ciento de los habitantes de Capilla del Monte cuando apareció esa huella ovoide en el cerro El Pajarillo. Fue unánime, no cabían dudas: un vehículo extraterrestre se había posado en el cerro cordobés. Al fin y al cabo, el pasto estaba quemado y nadie había denunciado un incendio. Además, la huella era perfecta, ocupaba el espacio que la conciencia colectiva atribuye al tren de aterrizaje de un plato volador.

La huella perfectamente circular apareció en una de las laderas de la Sierra del Pajarillo en enero de 1986. Tenia un diámetro de 110 metros. Según cuenta Suárez, la abuela Doña Esperanza Gómez —tenía 90 años por entonces— jugaba a las cartas con su nieto de 12 años en un rancho rural sin luz eléctrica cuando vieron una luz muy potente que entraba por la ventana.

Al salir, se encontraron con un objeto volador que sobrevolaba el rancho y que luego se fue a la Sierra del Pajarillo. La huella apareció a la mañana siguiente: la paja brava, pastos de hasta 60 centímetros de alto, estaba quemada en su totalidad dentro del círculo.

“Con los insectos —me contó Suárez—, ocurrió una cosa muy curiosa: no estaban quemados, sino disecados. Y al año siguiente, durante un invierno muy riguroso, se quemaron cinco kilómetros en la misma montaña pero misteriosamente el fuego no ingresó a la huella. A pesar de que la paja brava estaba absolutamente reseca, el fuego bordeó totalmente a la huella, la volvió a plasmar como un negativo y eso fue mucho más incomprensible aún.”

Y, después, lo que pasó con un árbol que estaba en los fondos de la casa. De repente, sufrió una violenta aceleración de su proceso biológico, envejeció tanto que se secó.

Los que investigaron el caso no supieron explicar que había pasado. Pero sí aquellos que vivieron experiencias del cuarto tipo, aquellos que aseguran haber abordado naves extraterrestres: “Le sacaron la clorofila —explican— porque la clorofila es la base de la alimentación de los seres de otros mundos.”

El caso es que el episodio llevó a miles de personas al Uritorco. Peregrinos de la new age, místicos, chapuceros, estudiosos,científicos y estudiosos del espacio exterior pisaron sus laderas en busca de más apariciones.

La huella misteriosa, mientras tanto, desapareció tres años después.

Para entonces, el turismo había crecido y los refutadores de la existencia de platos voladores se lanzaron contra el fenómeno. Lo consideraron, sin más, una patraña, una experiencia típica del pensamiento mágico.

Llevaba horas subiendo la piedra. La vegetación se hacía cada vez menos frondosa y me preguntaba si bajaría transformado en un monstruo energético o algo así. La sugestión que emanaba de los relatos de testigos abonaba mis inquietudes.

Avistaje con cita previa y abducción

Al pie del cerro, Suárez, antes de despedirme para mi ascenso, me había contado su propia experiencia: me dijo que vivió el avistaje… ¡programado! de un OVNI. Una de las formas de los encuentros con alienígenas parece que puede ser ésta: programar un avistaje con tiempo y lugar prefijados.

“Fuimos con un sensitivo que había llegado de Buenos Aires y un amigo mío, -contó en un tono confidencial-. A la noche, a la hora indicada, apareció la luz. Era una esfera muy grande, estaba a unos 20 grados sobre el horizonte, avanzó hacia nosotros y fue tomando una deriva hacia nuestra izquierda. Mi amigo se preguntó si lo que estabámos viendo no sería un avión: al terminar de preguntárselo, el objeto lanzó como una estela y tomó mas velocidad y se perdió en la sierra. Fue mágico", relató.

Pero si eso ya había resultado sobrecogedor para mí, a poco de andar, el baqueano Ochoa me confesó que había sido chupado por un plato volador. El lo dijo usando el término preciso: abducción. Me dejó con la boca abierta, pero seguí subiendo.

- “Estaba con mi abuela y un tío, -me contó- caminando en una cañada, detrás del casco de la estancia Minas. De repente, desde dentro de la montaña, o eso me pareció, salió un objeto gigante. Era como una manzana entera que volaba.

-¡Qué curioso!, -lo interrumpí- ¿Salió desde adentro de la montaña?

-Eso me pareció. Fue todo muy confuso. Daba la impresión de que estaba tres metros encima nuestro y, a la vez, a millones de kilómetros de distancia. Me dio la sensación de haber estado en su interior, donde no había nada. La máquina parecía flotar en el espacio, acompañada por meteoritos que giraban en torno de ella. Miraba hacia abajo y veía mi cuerpo, el de mi abuela y el de mi tío. Daban ganas de llorar y de reír, como si hiciera siglos que no vieras a tu padre y había llegado el reencuentro. La sensación es que uno no sabe si está muerto o está loco”.

El día del OVNI, la NASA y los promesantes

Argentina está entre los diez países mas visitados por los platos voladores, según una curiosa estadística que leí por ahí.

Aunque algunos creen ver el origen de los misteriosos vehículos en las carrozas de fuego surcando los cielos del apocalípsis bíblico, el fenómeno es mucho más moderno.

El 24 de julio de 1947 es el día del plato volador. Ese día, Kenneth Arnold volaba en su pequeño avión sobre las Montañas Rocosas cuando observó a nueve artefactos que, a su juicio, parecían pocillos de café invertidos. Volaban en perfecta formación y a velocidades de miedo. La historia podría haber empezado antes, si no fuera por la implacable lógica oriental.

En 1235, el general Yoritsume, glorioso samurai japonés, fue alertado por su gente antes de entrar en combate acerca de extraños objetos luminosos que giraban en el cielo. “No es más que el viento que hace balancear a las estrellas”, dijo en su poético ninguneo.

Tener la mente abierta a todo y no creer en nada, repito. Seguí andando con el baqueano. Capilla del Monte se veía pequeña. Horas después, llegamos hasta una planicie. Había allí una meseta antes del asalto final, con refugios para el viento, pircas (pequeños cercos hechos con amontonamiento de piedras) levantadas por la mano del hombre.

Ese, al parecer, era un lugar de invocación al que llegaban los fanáticos en busca de lo sobrenatural, como un oratorio pagano, desde que se desató ese carrousell de luces sobre Capilla del Monte.

Ochoa terminó de contar su extraño relato de manera sorprendente: la NASA –me aseguró- envió científicos a estudiarlo, a él, a su abuela y a su tío después de la experiencia. “Nos hicieron un estudio psicológico y nos sacaron sangre. Y analizaron los minerales de la zona. El traductor nos dijo que habían traído un pedazo de un supuesto plato volador y que estaban haciendo comparaciones con los minerales del Uritorco”, relató

En el descanso, pude ver una ermita con una virgen y las velas correspondientes: acababa de comprobar que también existen los promesantes cósmicos. Al lugar lo llaman los iniciados “El valle de los espíritus” y creen ver luces si se inspiran con sus rezos y plegarias. Según cuentan los promesantes, las luces son los espíritus de los antiguos guerreros comechingones, que en el punto culminante de las meditaciones, parecen bailotear en esa meseta de la montaña.

Los mas fieles visitantes del Uritorco aseguran que la luz que empezó a bailar en los alrededores del cerro el 16 de enero de 1992 a las 21,07 regresa con sorprendente regularidad horaria antes de perderse en la negrura de la noche, por lo que ha sido bautizada como “El expreso”

Como decía, Argentina ocupa un lugar destacado en las preferencias de los visitantes del espacio exterior. Según parece, ya en 1825, un inglés llamado Jorge Andrews, que tal vez zafó del aceite hirviendo o se lo olvidaron en la pampa por cuentero después de las invasiones, contó que vio una extraña luz con forma de disco mientras viajaba desde Córdoba a Santiago del Estero.

Enigmas, casos que la mente no entiende o pura chapucería...¿quién lo sabe?

Todo vale dentro del show ufológico: la incapacidad de presentar pruebas lo convalida. Pero en Capilla, el pequeño pueblo del Valle de Punilla, muchos de los ocho mil habitantes sostienen que el Uritorco es un cerro energético.

Una de las explicaciones a los destellos y al baile de extrañas luces puede ser atribuído a un fenómeno denominado piezoelectricidad: se produce en las zonas donde hay uranio debido al calentamiento que provoca el sol durante el dia. Por la noche, esa energía se libera y adopta forma de flashes como los de una cámara fotográfica.

Desde que el cerro se hizo famoso y empezaron los peregrinajes, muchos de ellos guiados por modernos chamanes en tiempos propicios -semana santa, cuando cambian las estaciones, etc.- a la ceremonia se le fueron agregando historias. Una de ellas cuenta que cuatro personas permanecieron extraviadas durante cuatro dias en el Uritorco. Cuando las encontraron, vestían túnicas blancas e iba descalzos.

Gabriela, la única mujer del grupo, narró la experiencia a Suárez, que la volcó en un libro. Explicó que siguiendo un mensaje telepático imposible de ser desobedecido, el grupo padeció hambre, sed, frío, viento y lluvia, una suerte de calvario que los llevó al borde de la locura y la inanición.

Pero al dia séptimo, Gabriela recibió una revelación. Siguiendo su mandato,encontró una cueva donde había un lecho de hojas secas en el que durmió profundamente.

Entonces, percibió la presencia de un ser astral que le pidió amorosamente que orara. Así lo hizo -cuenta- hasta que de repente, una sed desesperada la hizo despertarse.

“Frente a mí, vi un ser de gran altura, de unos tres metros. Vestía un ajustado traje luminoso, parecido a los mamelucos que usan los aviadores, con un cinturón brillante y botas altas. Su rostro era de una textura muy particular, parecía marcado y de color verde. Sus cabellos eran blancos, muy largos y tirados hacia atrás. Sus ojos eran rasgados, de conformación felina, mientras su boca y nariz eran normales", contó.

¿Cuál era el objetivo de aquel gigante encendido? Más o menos, lo que postula Suárez: le encargó a Gabriela difundir que su presencia en el planeta tenía como objetivo su preservación y que si llegara la hecatombe nuclear, parte de la Humanidad sería resguardada por ellos en su condición genética del mismo modo que hizo con el arquetipo Noé, antes del Diluvio Universal.

“Sin embargo, -dijo Gabriela-, antes de que esto ocurra, la misión de estos seres será mantener el equilibrio solar. Se me pidió, finalmente, que trasmitiera un mensaje: de producirse situaciones críticas como las referidas, es posible que muchos habitantes del planeta vieran a estos seres físicamente, por lo tanto, no deben temer ya que ellos sienten por nosotros un profundo sentimiento de amor y, en su momento, nos prestarán su ayuda”. Lo dicho: como un hermano mayor.

O sea que hoy, el Uritorco es un rompecabezas que cae bien a todos. Porque así como van los turistas, los curiosos, los que investigan fenómenos cósmicos y los refutadores –que dejan buena plata en el pequeño pueblo-, están los místicos, que acampan en las laderas del Uritorco en busca de espiritualidad.

Hoy es el Uritorco, mañana será el Cusco o las pirámides, que más da: ellos buscarán cierta energía en lo ancestral para curar sus corazones destrozados por la dura realidad de la vida.

(Continuará)

FUENTE: TN.COM.AR